martes, 19 de enero de 2010




"Cuando era niño, todos los miedos me asaltaban de noche y no me dejaban conciliar el sueño. Pasé años sin poder dormir bien, de pesadilla en pesadilla, de terror en terror. Me daban miedo los marcianos de La guerra de los mundos, los zombis del Thriller de Michael Jackson, la Masa Devoradora, Freddy Krueguer, la niña del exorcista, la oscuridad del pasillo, el hombre del saco, la soledad de mi cuarto, el octavo pasajero y, por supuesto, el armario entreabierto. Cuando conseguía dormir era tapado hasta las cejas, aunque fuera verano. Las noches eran terribles para mí y lo peor era que había una por día.

Hasta que, en una ocasión, mi madre me dio un brebaje mágico, proveniente del pueblo de mi padre, donde pasábamos los veranos. Me dijo que tenía el poder mágico de ahuyentar los miedos por la noche. Aquello fue mano de santo y nunca más volví a pasar una noche con los ojos como platos, sudoroso y atemorizado, imaginándome un marciano devorador de niños esperando, detrás de la puerta, a que me durmiera.

Todas las noches, antes de dormir, tomaba mi cucharadita de la pócima. Y, si alguna vez tenía que dormir fuera de casa, le pedía a mi madre que me diera un puñado de aquellos polvos blancos que había que mezclar con agua justo antes de beberlos. Nunca viajaba sin mi pequeña cajita verde llena del ahuyentador de miedos. Sin ella me esperaba el insomnio miedoso o las pesadillas más pavorosas.

Después de muchos años lo descubrí: el brebaje no era sino agua con azúcar. Fue una idea brillante de mi madre para quitarme el miedo. Pero el hombre, y sobretodo yo, es un animal de costumbres. Ya no podía dormir sin mi ración de azúcar, que yo seguía creyendo con poderes mágicos.

Con la edad se fueron los miedos. Bueno, en realidad, no se fueron, cambiaron. Ya no era por culpa de extraterrestres o fantasmas, ya no era nocturno, pero el miedo no desapareció. Un día, aterrorizado ante la inminencia de un examen de trigonometría, me tomé una buena dosis del brebaje. El azúcar desató su efecto placebo, el miedo desapareció, llegó la calma y aprobé con nota. Aquello disparó mi adicción. Ante el menor atisbo de miedo una cucharadita de azúcar, a veces incluso sin disolver. Selectividad, una cucharadita, una cita, cucharadita, el seguro del coche, cucharadita, reivindicación salarial, cucharadita, paternidad, cucharadita, divorcio, cucharadita.

Y ahora esto. No se lo imaginan. Es terrible. Un miedo que no puedo combatir con mi poción mágica. Y lo que es peor: ya nunca más podré ahuyentar mis otros miedos con azúcar. Es terrible. La peor noticia que me podían dar. ¿Qué voy a hacer ahora si nunca aprendí a enfrentar mis miedos? El médico no entendió mi desesperación, no comprendía el alcance de lo que acababa de decirme. No se preocupe, me explicó, para su enfermedad hay medicación, no es tan malo ser diabético"

Cuentos Pop. Azucar Placebo. Federico Moltalbán Lopez.

lunes, 11 de enero de 2010

"Si Cupido se representa tradicionalmente con el aspecto de un angelote rollizo de corta edad, algo así como un lechoncillo seráfico, es para simbolizar que en el amor todos somos eternamente niños, que no aprendemos jamás, que no evolucionamos, que amamos una y otra vez con la misma pureza, es decir, con la misma ignorancia y repitiendo todos los errores. De hecho, a menudo amar, a medida que uno crece, es ir desarrollando cierta esquizofrenia, porque por un lado el cerebro enciende las alarmas y avisa de las trampas que uno mismo se pone, pero por otro, el corazón se emperra en seguir a lo suyo, encediendo el mundo de colores y deshojándose como una trémula alcachofa"

Rosa Montero

El Todo y las Partes.


" Para crear una tarta de manzana, primero tienes que crear un universo"
Carl Sagan

martes, 29 de diciembre de 2009

Desconfío de la tortilla de patatas.

"Desconfío de la tortilla de patatas de mi casa, porque una tortilla hecha con patatas cortadas sin amor, no es una tortilla en la que confiar"

(Nico, en Carne Cruda)


Magnífico!

lunes, 7 de diciembre de 2009

martes, 8 de septiembre de 2009

José Mauro De Vasconcelos consigue simplificar la vida en las favelas de Bangu a través de la vida de un niño de 5 años. Mucho de autobiografía y un estilo literario que roza lo vulgar, pero que consigue transmitir esa especie de calidez y ternura a un mundo de violencia y extrema pobreza.



"Los años pasaron, mi querido Manuel Valadares. Hoy tengo cuarenta y ocho años y, a
veces, en mi nostalgia, siento la impresión de que continúo siendo una criatura. Que en
cualquier momento vas a aparecer trayéndome fotos de artistas de cine o más bolitas. Tú
fuiste quien me enseñó la ternura de la vida, mi Portuga querido. Hoy soy yo el que tiene
que distribuir las bolitas y las figuritas, porque la vida sin ternura no vale gran cosa. A veces
soy feliz en mi ternura, a veces me engaño, lo que es más común.
En aquel tiempo... En el tiempo de nuestro tiempo, no sabía que muchos años antes
un Príncipe Idiota, arrodillado frente a un altar, preguntaba a los iconos, con los ojos llenos
de lágrimas:
¿POR QUE LES CUENTAN COSAS A LAS CRIATURITAS?"
Y la verdad es, mi querido Portuga, que a mí me contaron las cosas demasiado
pronto. ¡Adiós!
Ubatuba, 1967



Francesa Ancarola.Espantamales.